Stanislav Grof. Una cartografía de la experiencia holotrópica.

Escrito por Rafael Millán

Stanislav Grof es uno de los más destacados representantes de la naciente (y, tal vez, ya decadente) psicología transpersonal: una disciplina de estudio de la Conciencia que pretende integrar los modelos occidentales de la psique con las grandes tradiciones de sabiduría oriental. Y, como veremos, el instrumento idóneo para la investigación transpersonal es, sin duda, el de la modificación de conciencia (*).

Aunque esta expresión no deja de resultar ligeramente vaga   imprecisa. La conciencia, como la entendemos aquí, sería precisamente aquello que no puede ser modificado en modo alguno, ya que constituye el fondo o contexto último de toda experiencia, el testigo inalterable, lo incondicionado, el observador final de las realidades fenoménicas. La conciencia sería algo así como el recipiente donde todo transcurre, el fundamento del ser y lo único que, por tanto, no puede ser alterado ya que es la condición previa y necesaria de toda manifestación. Por ello usaremos en adelante el termino acuñado por el propio Stanislav Grof de «experiencia holotrópica» (del griego holos, «todo»; y trepein, «tender hacia») para referirnos a los estados alterados.

Grof ha explorado la conciencia a través de dos grandes instrumentos holotrópicos: el consumo de dosis altas de LSD y una sencilla técnica de hiperventilación denominada «respiración holotrópica». Pero por la misma naturaleza, casi universal, de estas experiencias, sus conclusiones pueden ampliarse a los estados inducidos por técnicas similares: meditación, consumo de otras sustancias psicoactivas, danzas y cantos rituales, estados de privación, etc.

En este trabajo, pretendemos articular una tipología de los estados alterados o, desde el enfoque del autor, una cartografía del inconsciente humano ya que las diferentes formas que la experiencia holotrópica puede adoptar, dependen, para Grof, de la región del inconsciente (o del supraconsciente) que se active y se actualice en cada sesión. Es decir, existe una correspondencia entre las distintas regiones del mundo interior inconsciente y los diferentes estados alterados con los que «sintoniza» el psiconauta.

Desde esta perspectiva, la experiencia holotrópica puede categorizarse siguiendo un primer criterio de «profundidad» o «intensidad» de la misma en tres grandes estratos que coinciden con las tres grandes regiones del inconsciente con los que la experiencia puede resonar: El inconsciente biográfico, el inconsciente perinatal y el inconsciente transpersonal.

De este modo, el conjunto de las diferentes técnicas holotrópicas puede entenderse como lo que Freud llamó la «vía real de acceso al inconsciente»: una puerta abierta a las profundidades del alma, tanto individual como colectiva; una lámpara que alumbre los «mecanismos» de los diferentes estratos de la mente y el espíritu, desde lo más puramente personal y biográfico hasta adentrarse, si se profundiza lo suficiente, en los ámbitos propios de la trascendencia, es decir, de lo sagrado.

La jerarquía inconsciente.

En este artículo dejaremos de lado la capa más superficial de la experiencia holotrópica que, propiamente hablando, no constituye un nivel del inconsciente sino la cáscara que recubre los reinos interiores. Grof identifica esta membrana con el nivel de las «experiencias abstractas o estéticas» (formas geométricas, colores exuberantes, etc.) que suelen aparecer al comienzo de las sesiones. Lejos de tener un significado psicodinámico profundo, las experiencias estéticas de este tipo obedecen, únicamente, a la resonancia química de las técnicas de inducción holotrópica con la estructura de los órganos sensoriales y, debido al contexto clínico y psiquiatríco de sus investigaciones, este espectro de fenómenos no tienen demasiada relevancia en su sistema.

Los otros tres dominios -el biográfico, el perinatal y el transpersonal (olvidando ya el nivel estético más epidérmico)- tienen una naturaleza claramente piramidal. Cada uno de los niveles describe un espacio más amplio que el anterior, generando una jerarquía de profundidad y significación creciente. De esta manera, cuanto más hondo se excave en los estratos de la psique mayor será la intensidad de la vivencia holotrópica.

Los eslabones de esta jerarquía (u holoarquía), armónicamente integrados, pueden entenderse como un continuo de conciencia equivalente a lo que algunos autores han llamado «La Gran Cadena del Ser». Es decir un «mapa de la conciencia» similar a los elaborados por las diferentes tradiciones esotéricas (budismo, hinduismo, cristianismo interior, etc.) sólo que codificado en un lenguaje psicológico moderno.

Para complicar un poco las cosas, cada uno de estos tres niveles de profundidad posee una dinámica propia y unos rasgos característicos que veremos a continuación.

Nivel Biográfico del Inconsciente.

La estructura de la capa más superficial del inconsciente, esto es, del inconsciente biográfico coincide, a grandes rasgos, con la descrita por las distintas escuelas de psicoanálisis, con la diferencia fundamental de que este nivel pierde por un lado su exclusividad y por otro su profundidad. El estrato biográfico-individual lejos de ser el área más profunda de la psique (o, incluso, el único nivel, como en ciertas escuelas freudianas, por ejemplo), supone, tan solo, la capa más superficial de un enorme océano inconsciente. De hecho, este nivel no adquiere sentido y fundamento propios sino es, precisamente, el heredado de los órdenes transpersonales más profundos sobre los que se apoya. Podríamos decir que el inconsciente individual no es más la «punta egoica» del enrome iceberg transpersonal (y perinatal) que es el que sustenta, en última instancia, la biografía personal.

Las experiencias registradas en los «estados alterados» que sólo alcanzan el nivel biográfico constituyen, como digo, todo un corpus práctico (de casos clínicos reales) que puede utilizarse como una poderosa herramienta para confirmar o refutar, a través de experimentación empírica, las distintas hipótesis formuladas por las escuelas de psicología profunda. Algo así como un campo de pruebas para las tesis psicoanalíticas. Eso sí, con la metodología propia de la psicología (la introspección profunda, solitaria y sistemática) y no con métodos ajenos injertados de otras disciplinas. Más adelante, en una nota, expondré un ejemplo concreto del tipo de investigación práctica a la que me estoy refiriendo.

Las vivencias propias de este primer nivel no suelen emerger de manera aislada o fragmentaria, sino organizadas en colecciones temáticas que Grof ha bautizado con el nombre de sistemas de experiencia condensada o sistemas COEX. Según Grof «se puede definir los sistemas COEX como constelaciones específicas de recuerdos consistentes en experiencias condensadas (y fantasías relacionadas con ellos) provenientes de diferentes periodos de la vida del individuo». Los sistemas COEX suelen estar fuertemente asociados a una emoción (o a un «clima emocional») de la misma cualidad que el tema básico del sistema. Los sistemas COEX tienen una gran relación los mecanismos psíquicos de defensa y con síntomas clínicos específicos.

Simplificando mucho, podríamos decir que en el corazón mismo del sistema OEX siempre espera la «experiencia nuclear» que puede resolverlo de dos maneras, o ien deshaciendo este nudo vivencial desde su centro o bien, si el sistema tiene raíces ms profundas, traduciéndolo a un lenguaje superior (propio de los siguientes niveles el inconsciente). La «experiencia nuclear» y, en cierta forma, generatriz del sistema COEX, suele ser la más intensa o la primera cronológicamente hablando. Al final de este artículo quedarán aclarados gran cantidad de conceptos, como el de sistema COEX, con un ejemplo práctico y real extraído, directamente, de la experiencia clínica de Stanislav Grof.

Pero, como venimos diciendo, el nivel biográfico no supone más que la primera avanzadilla del enorme territorio inconsciente. Yendo un paso más allá, a través de un proceso vivencial suficientemente intenso, puede llegar a trascenderse la corteza exterior de la psique individual para adentrarse en un universo mucho más amplio y significativo: el inconsciente perinatal, reino intermedio y válvula de conexión entre lo biográfico y lo trascendente, entre lo individual y lo colectivo, entre lo profano y lo sagrado.

El nivel Perinatal del inconsciente.

A medida que profundizamos en una sesión holotrópica, podemos encontrarnos con toda una serie de experiencias psicógenas (término que prefiero, en este contexto al de «enteógenas») que tienen relación directa con uno de los conceptos centrales del autor: el «trauma del nacimiento». Las vivencias propias de este nivel forman todo un complejo sistema (con una psicodinámica propia) bautizado con el nombre de inconsciente perinatal. Este nivel del Inconsciente nunca había sido estudiado con tanta seriedad y profundidad antes de los trabajos de Stanislav Grof, exceptuando quizá la controvertida propuesta del analista Otto Rank, por lo que, en ocasiones, el propio Grof ha llamado «área rankiana» al dominio perinatal del inconsciente.

Según Grof, la forma concreta del nacimiento biológico marca una pauta psíquica que quedará grabada a fuego, como una impronta, en la estructura misma de la conciencia, guiando el desarrollo posterior de la vida adulta. De este modo, las incidencias específicas del parto troquelará, irremediablemente, el resto de la existencia del sujeto.

De hecho, será precisamente en el momento del parto cuando se «construirán» los cimientos de lo que llegará a ser el inconsciente individual, ya que el nacimiento se vive como una ruptura total y definitiva de la «unidad indiferenciada» con la que el feto se encontraba en un estado de perfecta fusión protoplásmica. Entendido así, el nacimiento supone la primera gran colisión con el reino de la dualidad. Y, por tanto, la creación de una primera sensación de identidad separada.

Las deformaciones de esta «proto-identidad dual» irán perpetuándose a medida que vayan añadiéndose las siguientes capas de la psique, de una forma similar al modo en que una pequeña irregularidad de la piedra original irá perpetuándose en cada uno de los sucesivos estratos de una perla.

Para Grof, el bebe, confuso e indefenso, carece de las capacidades necesarias para manejar la enorme cantidad de energía psíquica con la que debe luchar durante el parto. Por eso, «volviendo a vivir» la experiencia del nacimiento original en condiciones holotrópicas será posible liberar, más adelante, toda esa energía reprimida y enquistada.

Este proceso catártico constituye, al mismo tiempo, un poderoso símbolo de muerte y renacimiento espiritual. Nos dice Grof: «La muerte del ego que precede al renacimiento es en realidad la muerte de nuestro antiguo concepto de quiénes somos y cómo es el mundo. Conceptos que fueron forjados por la impronta traumática del nacimiento y siguen prevaleciendo debido al recuerdo vivo que permanece sumergido en nuestro inconsciente».

De este modo, es posible completar el nacimiento fisiológico con un segundo nacimiento emocional o espiritual que resuelva, por así decirlo, el «complejo perinatal» que permanece enterrado en la penumbra psíquica desde el nacimiento. Existe, así, un doble vínculo que conecta el dominio perinatal, en sus facetas biológica y espiritualsimbólica, con el inconsciente biográfico (y el desarrollo posterior de la vida adulta) por un lado y con el inconsciente transpersonal (es decir, la vida espiritual) por el otro.

Cobran especial relevancia, respecto al «trauma del nacimiento», la sucesión de las fases biológicas del parto que tienen, cada una de ellas, su correlato psicológico y espiritual. Grof ha descrito estas interacciones entre el proceso del nacimiento y la dinámica inconsciente a través de cuatro grandes categorías a las que ha denominado Matrices Perinatales Básicas o MPBs. Nos detendremos sobre cada una de ellas ya que son, sin duda, la más importante y original aportación de Stanislav Grof a la psicología universal.

Las Matrices Perinatales Básicas.

Podríamos decir que cada MPB es un «patrón vivencial distinto», caracterizado por su propia constelación de emociones, imágenes, recuerdos, sensaciones, símbolos, etc. referidas, a su vez, a uno de los cuatro momentos del parto biológico natural. Las MPB son, en definitiva, las que gobiernan el tipo de experiencia holotrópica y el tipo de imaginería concreta que pueden darse en el proceso de muerte y renacimiento espiritual. Por supuesto, el campo de acción de las MPB impregna todos los ámbitos de la vida, ya que se hallan irremediablemente entrelazadas con la estructura misma de la conciencia, que puede verse teñida por la influencia de cualquier de las cuatro MPBs o de alguna de sus formas intermedias. Las MPBs son el equivalente perinatal (más profundo y significativo) de los sistemas COEX.

La relevancia de las MPBs es tal que podemos considerarlas como un segundo criterio de clasificación de la experiencia holotrópica, que adoptará diferentes formas, según esté dominada por cada una de las cuatro caras del tetraedro perinatal. Nos detendremos sobre cada una de ellas antes de concluir con la exposición del nivel transpersonal del inconsciente. Espero que la descripción de las matrices resulte conocida a quién ya esté familiarizado, en primera persona, con los estados alterados de conciencia.

MPB I.

La MPB I es la matriz que se corresponde con la vida intrauterina previa al parto. Reviste un carácter fuertemente acuático y oceánico. En una sesión dominada por la MPB I, la conciencia puede llegar a experimentar una perfecta fusión simbiótica con lo que Ken Wilber llamaría «la unidad indiferenciada». Aunque ésta sería ya una experiencia transpersonal a la que se accedió, eso sí, por la puerta de la MPB I.

Una descripción característica de este universo, amniótico y embrionario, sería la de un viaje marino acompañado por una intensa sensación de calma y tranquilidad, con un clarísimo componente místico. La MPB I puede entenderse como un estado de conciencia protoplásmica y fluida. Está, también, muy relacionado con los arquetipos de la Gran Madre y la Naturaleza. Puede acompañarse con visiones de criaturas marinas como delfines, medusas o ballenas. La MPB I también tiene relación con el símbolo del jardín habitualmente en su forma de edén o paraíso. En lenguaje astrológico se corresponde con el planeta Neptuno.

En algunos casos, el recuerdo o, mejor, la experiencia de revivir episodios intrauterinos negativos puede contraponerse a esta imagen de «buen útero» generando un cuadro vivencial opuesto de «vientre malo» relacionado con imágenes de aguas estancadas o contaminadas, sustancias venenosas, vertederos e incluso figuras claramente demoníacas. Según Grof, estas vivencias serían el reflejo simbólico de los cambios tóxicos producidos en el vientre de la madre embarazada. En casos en los que hubo peligro de aborto esta matriz puede manifestarse como una fuerte amenaza de muerte o cataclismo.

MPB II

La MPB II es mucho más turbulenta que la anterior ya que tiene su referencia en la primera fase del parto biológico, esto es, en el inicio de las contracciones y en la consecuente oposición entre el cuerpo del bebe y el cuerpo de la madre en una gigantesca, lenta y dolorosa batalla a vida o muerte. Grof describe la fenomenología propia de esta matriz como una vivencia de «sumidero cósmico» o de «infierno sin salida». Suele estar asociada a toda clase de imágenes malignas: insectos, demonios, aves de presa, animales rabiosos, torturas insoportables, etc. Son experiencias de un sufrimiento particularmente asfixiante y sin un escape ya que el cuello del útero aún no está abierto. Son típicas, además, las imágenes de guerras o aplastamiento, mundos artificiales y angustiosos, «realidades de cartón», y todas las formas de dolor y muerte sin sentido.

Las escenas mitológicas propias de la MPB II muy a menudo tienen relación con la sensación de ser tragado o engullido, ya sea por fuerzas de la naturaleza como tornados o remolinos, ya sea por alguna clase de bestia mítica, muy habitualmente una representación arácnida de la «mala madre». La sensación de fondo suele ser característicamente de ansiedad y desconfianza llegando, en muchos casos, a la auténtica paranoia. El arquetipo astrológico que reúne las mismas cualidades que la MPB II es el de Saturno. Debo aclarar que estas correspondencias astrológicas son de Richard Tarnas, reputado astrólogo y colaborador de Stanislav Grof.

MPB III

Más adelante, cuando el canal del parto inicia su actividad de salida y la cabeza del bebé empieza a descender hacia la pelvis, aparecen las primeras experiencias relacionadas con la tercera matriz perinatal, que, posiblemente, sea la más rica y compleja de las cuatro.

Toda la dinámica perinatal está fuertemente relacionada con el tópico del viaje del héroe (es decir, con el mito de la muerte y el renacimiento en cualquiera de sus formas) pero esta temática heroica es especialmente nítida en la MPB III.

Aquí se despliegan toda clase de fuerzas titánicas de un carácter ambiguo, pero agresivo. Son típicas las descripciones de escenas sadomasoquistas, en la que el dolor y el placer se mezclan y se confunden, normalmente con un componente de asfixia extrema que sólo puede resolverse con la vivencia simbólica de un nuevo nacimiento que, en nuestro sistema, se correspondería con un salto cualitativo a la cuarta y última matriz perinatal.

Es muy habitual encontrarse con gran cantidad de material biológico (incluso heces si la madre no está sondada), en el momento de «asomar la cabeza» durante el parto, circunstancia que confiere un claro componente escatológico a esta matriz, en la que confluyen y se aúnan los tres grandes temas perinatales: el del nacimiento, el de la muerte y el del sexo. Tres experiencias que tienen entre ellas lo que Grof denomina un «intensa relación vivencial».

Antes de seguir adelante me gustaría hacer una breve aclaración sobre el método de investigación holotrópica y algunas de sus consecuencias epistémicas. Habitualmente, en psicoterapia, suele buscarse una comprensión intelectual de la patología. Este enfoque, aunque tenga éxito, resulta bastante estéril a efectos prácticos de sanación y depende de modelos y paradigmas divergentes de escuela. Sin embargo, el trabajo realizado en estados holotrópicos sugiere una alternativa radical a esta visión puramente analítica. Más allá de la mera intelección racional del problema, en la «terapia holotrópica» se busca una comprensión vivencial e inmediata de sus causas profundas movilizando directamente el material enterrado y dando una solución simbólica, pero plenamente operativa, a la «patología», ya sea esta una crisis psicológica o lo que Grof denomina una «emergencia espiritual».

En situaciones holotrópicas o en contextos de introspección lo suficientemente intensos, gran cantidad de conexiones ocultas pueden ser súbitamente reveladas al psiconauta, de forma evidente y vivencial, más allá de prejuicios teóricos de escuela. Cualquiera con una mínima experiencia enteógena sabrá que en ciertos «estados alterados» no resulta difícil identificar los mecanismos profundos que manejan, desde la penumbra psíquica, los hilos de la conciencia. De este modo se generan fuertes «asociaciones vivenciales» que se estructuran y se revelan siguiendo la dinámica propia de cada nivel. Es en este sentido en el que afirmamos que las experiencias de muerte, sexo y nacimiento están irremediablemente unidas en la MPB III, y suelen tener expresión simbólica a través de la producción de imágenes en las que esos tres componentes estén igualmente unidos. Imágenes que pueden vivirse como escenas de orgías, aquelarres, bacanales, etc. Quiero señalar que, para Grof, la «información vivencial» obtenida gracias al «método holotrópico» es plenamente científica y objetiva (en un sentido casi popperiano) ya que es susceptible tanto de verificación como de falsación empírica.

Para concluir la descripción de la tercera matriz perinatal sólo resta añadir que no suelen faltar una amplia variedad de imágenes titánicas provenientes de la historia, la naturaleza y el reino de los arquetipos. Temas clásicos de la MPB III incluyen secuencias sexuales o pornográficas perversas, episodios demoníacos, descargas explosivas, visiones de tormentas eléctricas, volcanes, terremotos, batallas de proporciones míticas y gigantescas, etc. Para Richard Tarnas, todo lo asociado con el planeta Plutón.

Un símbolo especialmente importante de la MPB III es el representado por el fuego, normalmente fuego purificador. No debemos olvidar que la MPB III constituye la antesala de la liberación del nacimiento, es decir, el momento de la máxima expiación que, tradicionalmente, se ha hecho corresponder con el arquetipo del purgatorio o el del fuego (pyrocatharsis). En este sentido, un símbolo clásico de la transición entre la tercera y la cuarta matriz sería el del ave Fénix que tras ser devorado por las llamas renace de entre las cenizas de su propio cuerpo. Aunque también son muy habituales símbolos religiosos de purificación o sacrificio como el de la crucifixión o el desmembramiento ritual.

En cualquier caso, poco a poco, la experiencia de la MPB III puede irse resolviendo en un éxtasis volcánico o dionisiaco (en contraste con el éxtasis oceánico o apolíneo de la MPB I) que marcará la frontera con la cuarta matriz perinatal.

La MPB IV.

La MPB IV está muy relacionada con la tercera fase clínica del parto, la expulsión final del bebé y el corte del cordón umbilical (**). En lenguaje espiritual, es el momento de la «liberación explosiva» y la emergencia de la luz. Revivir el nacimiento en un estado no ordinario de conciencia no implica, exclusivamente, un recuerdo más o menos vívido y fidedigno del nacimiento original sino que lleva asociado, como ya se ha sugerido, un fuerte componente de muerte y renacimiento psicoespiritual que alcanza su clímax en la MPB IV.

Situados en este contexto será fácil comprender que durante las experiencias dominadas por la MPB IV son muy habituales los encuentros con toda clase de seres angélicos y beatíficos, acompañados con visiones de jardines y pavos reales. Es también (al igual que la primera matriz) un ámbito puramente místico. La MPB IV suele estar asociada, en definitiva, con toda una constelación de experiencias positivas y espirituales. Para completar las correspondencias astrológicas con los cuatro planetas exteriores, el planeta propio de la MPB IV es Urano.

Ya hemos hablado del nivel biográfico y perinatal del inconsciente. Tras este breve repaso a las MPBs, sólo nos resta describir, muy brevemente, la tercera y más profunda de las instancias inconscientes, aquella que se corresponde con la máxima intensidad holotrópica. Me refiero, por supuesto, al reino de lo transpersonal.

El inconsciente transpersonal.

Es en este nivel cuando el término holotrópico cobra todo su sentido, ya que, sumergidos en una experiencia trascendental, es cuando puede comprenderse «vivencialmente» y con absoluta nitidez que nuestra naturaleza profunda es mucho más amplia (más total, más «holística», es decir, holotrópica) que la que percibimos habitualmente en estados ordinarios de conciencia.

El espectro de experiencias transpersonales y espirituales es tan amplio y complejo como el universo mismo, pero, para Grof, susceptible de estudio y clasificación científica. En él se incluyen vivencias que oscilan desde la representación de escenas mitológicas hasta experiencias fuera del cuerpo o «recuerdos» de vidas pasadas, así como todo lo asociado a la imaginería sagrada y religiosa.

Grof distingue tres grandes racimos de experiencias propias del inconsciente transpersonal. Una primera categoría estaría compuesta por todas las vivencias holotrópicas que se extiendan más allá de las fronteras del tiempo o del espacio cotidianos: identificación con otras personas o grupos, conciencia animal o vegetal; identificación con materia o procesos inorgánicos; vivencias ancestrales (bien filogenéticas bien de supuestas vidas pasadas); vivencia del micromundo ya sea celular, atómico o incluso subatómico, etc. Sin olvidar que, además, en el seno mismo de todas estas experiencias puede aguardar la clave final que explique y configure tanto la forma concreta del parto como el contenido particular de las cuatro MPBs y, en consecuencia, del inconsciente biográfico.

La segunda constelación transpersonal cartografiada por Grof es aún más sorprendente que la anterior ya que incluye encuentros completamente vívidos (que se experimentan como plenamente reales) con seres arquetípicos, deidades, demonios, visitas a parajes fantásticos… así como la comprensión intuitiva e inmediata de símbolos espirituales (la cruz, el ankh, el yin y el yang, el ohm, el pentáculo, la estrella, etc.) e incluso la identificación con la conciencia cósmica o con alguno de sus «avatares»: Cristo, Buda, Shiva…

Y aún nos queda el tercer conjunto de fenómenos que Grof (siguiendo a Hans Driesch, fundador del vitalismo) ha llamado «experiencias psicoides». Entre ellas se cuentan fenómenos espiritistas, psicokínesis ya sea espontánea o intencionada, hazañas físicas o curaciones extraordinarias, etc.

En última instancia, justo al final del viaje, es cuando puede tenerse lo que Maslow llamó la «experiencia cumbre», que se experimenta como una unión total con todo lo existente. Grof denomina a esta vivencia con la grandilocuente expresión de «identificación con el vacío supracósmico y metacósmico». Es el momento, descrito en todos los grandes sistemas sagrados, de la «absorción plena en el ser», justo para comprobar que el sustrato último del inconsciente (ya transmutado en supraconsciente) no es más que el universo mismo, el cosmos en su magnífico despliegue. Un vacíopleno- de-forma que, limitándose y «densificándose» a sí mismo, va generando sucesivamente los diferentes estratos de la psique: desde lo transpersonal se «desprende» lo perinatal que sigue derramándose hasta la contracción e identificación de la Conciencia con el mero ego individual. De este modo, el Yo (profundo, incondicionado y transpersonal), se vivencia erróneamente como ego (superficial, condicionado y biográfico), tan sólo para darse la oportunidad de reiniciar el fantástico viaje de autodescubrimiento. Viaje cuyas principales etapas han quedado recogidas en todos los sistemas espirituales y en gran parte de los verdaderamente psicológicos.

Pero este proceso es reversible, ya que la totalidad está impresa holográficamente alcanzarse en un instante eterno de no-tiempo, un reencuentro con nuestra verdadera naturaleza que no es, al fin y al cabo, sino la naturaleza de todo lo que existe. Este es el último estrato, el último nivel posible que algunos autores han bautizado, más modestamente, con el nombre de inconsciente cósmico o radical.

Uno de los más curiosos descubrimientos de Grof es el de que la imaginería concreta de los reinos transpersonales y perinatales, en cada caso, tienen poca o ninguna relación con la programación cultural específica del psiconauta, sus condicionamentos psíquicos e, incluso, con sus propias expectativas. Grof ha descrito, por ejemplo, gran cantidad de experiencias holotrópicas que incluyen «encuentros» con seres míticos (con un significado simbólico y vivencial profundo) que pertenecen a sistemas mitológicos de los que ni el paciente ni el propio Grof habían tenido noticias previas.

No hace falta señalar que la gran mayoría de las experiencias transpersonales comentadas resultarán extrañas y ridículas al hombre moderno occidental diseñado por el cincel geométrico de la más estrecha racionalidad materialista. Pero la gran cantidad de evidencias que sobre estos fenómenos se ha ido acumulando desde muy diferentes campos es tan abrumadora e, incluso, tan fácil de verificar en la vida cotidiana (especialmente en entornos espirituales) que continuar negando «oficialmente» la existencia de todo este espectro de fenómenos sólo puede responder a una pésima información al respecto, cuando no, a prejuicios materialistas o a alguna clase de intereses espurios, personales o de escuela.

* * *

Hemos esbozado todo un complejo sistema de interacciones y niveles: las MPBs, los sistemas COEX, los estratos de la psique, etc. ya sólo nos resta preguntarnos por el modo en que podemos orientarnos por todo este intrincado laberinto mental una vez que, del modo que sea, se ha desencadenado una experiencia holotrópica, es decir,  ¿de qué manera podemos detectar el material relevante y terapéutico perdidos en este inmenso océano de posibilidades?

La respuesta es tan sencilla como sorprendente y constituye otra ventaja del enfoque holotrópico sobre los medios tradicionales de acceso al inconsciente. Según los estudios de nuestro autor, en los estados holotrópicos existe una especie de «radar» que, automáticamente, trae a la conciencia el material profundo más relevante, interior aquel al que hay que prestar mayor atención y que es, justamente, el que más tarde debe ser elaborado e integrado en una breve psicoterapia. El «radar interior» es como un faro que alumbra justo donde hay que mirar, un piloto automático que a la manera de Virgilio guiará el alma en su viaje por las cámaras más profundas del Espíritu.

Para acabar de aclarar el asunto expondré, muy esquemáticamente, un caso práctico extraído de los trabajos de Grof. Según el autor, el sujeto había tenido diversas experiencias traumáticas relacionadas con su hombro izquierdo hasta llegar a una parálisis psicosomática del mismo. De hecho, durante la sesión holotrópica fue capaz de recordar diversos acontecimientos de su vida (caídas, peleas, etc.) que habían tenido a ese hombro como protagonista. Pero, en seguida superó el inconsciente biográfico para adentrarse en el reino perinatal. Como era de suponer el sujeto había nacido de costado, sufriendo en el momento del parto biológico una presión tremenda sobre su hombro izquierdo. Pero la experiencia no acabó en el nivel perinatal, sino que este «complejo psíquico» acabaría de resolverse completamente en el momento en el que «revivió» (no sólo recordó, sino que literalmente revivió) el momento de su muerte en una «vida pasada» que no había ocurrido de otra manera sino por la herida de una lanza que había atravesado precisamente su hombro izquierdo.

Quiero insistir en que los tres reinos inconscientes poseen una dinámica armónica y unitaria. El esquema que subyace al modelo de Grof es muy cercano a muchas de las formulaciones kármicas, reencarnacionistas o de metempsicosis propuestas por las distintas versiones de la llamada Philosophia Perennis que plantean la existencia de una supramemoria (sea o no previa al parto) con la que puede entrarse en resonancia y que tiene, a su vez, una influencia decisiva sobre los temas centrales de la «vida presente» y de su modo concreto (a través de una de las cuatro matrices) de expresarse y manifestarse en el mundo.

También habrá que recordar que tanto las técnicas holotrópicas como diferentes versiones del mapa de la conciencia han sido tradicionalmente empleados por todas las culturas conocidas excepto por la sociedad tecnocrática occidental moderna. De hecho, la respiración holotrópica no es más que la actualización psicológica de una técnica chamánica tradicional. Así, la investigación vivencial es, casi en su totalidad, una recuperación, actualizada y operativa para el ser humano de hoy de las técnicas que estaban funcionando integradas en las cosmovisiones propias de otras sociedades. A este respecto, prácticamente todas las descripciones de ritos de paso, misterios iniciáticos, sistemas esotéricos, ciencias sagradas, etc. tienen fuertes correspondencias (en su debido contexto antropológico y cultural) con el sistema descrito a lo largo de este trabajo. Según Grof «No existe una sola cultura o antigua o preindustrial en la que los ritos y la vida espiritual no hayan desempeñado un papel esencial. El enfoque actual de la psiquiatría y de la psicología occidentales no sólo considera como patología lo espiritual sino también la vida cultural de todos los grupos humanos a lo largo de los siglos, excepto la vida cultural de la elite culta de la civilización industrial occidental que comparte la misma visión materialista-monista del mundo».

Me gustaría señalar que si el sistema de Grof se llevara al siguiente grado de abstracción teórica podríamos definir cuatro grandes fases (las 4 MPBS: 1.- estado inicial homeostático. 2.- ruptura. 3.- reconstrucción. 4.- nueva homeostasis) que afectan a tres grandes procesos de transformación (las dos fronteras de los tres reinos inconscientes junto con el parto biológico). De este modo, el sistema de Grof podría servir de guía para describir y explicar gran cantidad de procesos psíquicos y espirituales.

Tal vez, incluso, este esquema de «tres por cuatro» pueda aislarse, con el lenguaje y terminología propios de cada enfoque, en diferentes sistemas mitológicos, psicológicos y sagrados. Especialmente tópicos tan «campbellianos» como el del eterno retorno, el viaje del héroe, y algunas otras estructuras descritas por Grof.

Pero, a pesar de su indudable potencia descriptiva, este modelo no deja de ser más que eso, un modelo, un prisma, unas lentes… Un sistema que, para algunos, parece estar empezando a transformarse en su veneno, es decir, en un «camino sagrado» que promete el estado de salud perfecta tras haber revivido y superado las experiencias propias de cada nivel y cada estrato psicoespiritual.

Pero cuando un autor genera escuela (a veces, escuela devocional y cuasdi salvífica) hay que desconfiar (más de la escuela que del autor). No debemos olvidar que la psicología es sólo eso psicología, una metáfora parcial de aspectos muy concretos de la realidad y de la psique que nunca debe invadir y mucho menos sustituir el campo de la verdadera espiritualidad.

(*) Sería interesante comentar que para Stanislav Grof uno de los momentos más funestos en la historia de la psicología fue cuando el maestro Freud decidió abandonar la hipnosis – que no era sino un medio de alteración de la conciencia – como método analítico básico para sustituirlo por otras técnicas verbales menos poderosas.

(**) Como ejemplo del modo en que puede operar el método vivencial u holotrópico de investigación, podría señalarse una curiosa corrección a la teoría clásica del psicoanálisis derivada de los trabajos de Grof. Nuestro autor parece haber descubierto que la constelación de fenómenos que habitualmente suele llamarse «nostalgia o envidia del falo» en psicoanálisis muy bien podría explicarse, desde una perspectiva perinatal, como la nostalgia del cordón umbilical que era nada menos que el único nexo físico que nos mantenía fundidos con la Gran Madre nutricia y protectora y cuya ruptura indica el primer gran enfrentamiento al terrible universo de la dualidad. El corte del cordón umbilical es la auténtica separación de la simbiosis con la unidad materna para iniciar el duro proceso de la vida independiente. Aunque esto no quiere decir, por supuesto, que este mismo tema no pueda desplazarse simbólicamente al falo en el inconsciente individual generando un complejo sistema de recuerdos que se expresarán, simbólicamente, en el lenguaje propio de cada uno de los estratos psíquicos. Por supuesto estas afirmaciones no son gratuitas sino fundamentadas en las narraciones de los sujetos sometidos a terapia holotrópica, ya que es habitual «recordar» que se estuvo «enamorado» del propio cordón umbilical.

RAFAEL MILLAN

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